domingo, 11 de septiembre de 2016

Hora de Evangelizar


HORA DE EVANGELIZAR
                         
La “nueva evangelización” constituye el horizonte de la misión de la Iglesia, de toda la Iglesia, en este tiempo. Hoy apremia, como tantas veces nos lo recuerdan los Papas y nos lo enseñan con su ejemplo, que debemos ser anunciadores incansables del Evangelio. Ninguna otra dedicación puede quitarnos de ésta. El desplome del cristianismo y de la fe en Occidente, la inmensa masa de hombres que en el Oriente o en el Sur, incluso entre nosotros, que no le conocen, reclama que nos entreguemos prioritariamente al servicio del anuncio misionero del Evangelio. La hora presente debe ser la hora del anuncio gozoso del Evangelio, así será también la hora del renacimiento moral y espiritual de nuestro mundo, la hora de la esperanza que no defrauda.

 Es evidente que nos hallamos inmersos en una nueva etapa en la vida del mundo y de toda la Iglesia, por lo mismo también en la vida de nuestra Diócesis.
¡Caminemos con esperanza! El camino nos lo traza el mismo Cristo: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestra esperanza, Él es el futuro del hombre, y el futuro del hombre es posible, porque ¡en el presente! está  Jesucristo.
Cultivar el encuentro con Él es la clave para una apasionante renovación de nuestro mundo, y de un renacimiento pastoral en nuestras comunidades, en la Iglesia universal, y en nuestra Diócesis. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia.
A partir de ese encuentro y de esa experiencia renovada de Jesucristo, no dejaremos de comunicar y testificar lo que “hemos visto y oído” acerca de Él. Nadie que haya recibido la gracia de la fe en Él puede eximirse de dar testimonio del Evangelio de Jesucristo. Nadie, ningún cristiano, en consecuencia, debería eximirse del sagrado deber de comunicar este anuncio salvífico a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
A esta tarea, por la misma caridad que nos urge y configura, estamos llamados y obligados todos, porque todos hemos sido liberados por Cristo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Se abre el gran tiempo de la misión, como en los primeros momentos del cristianismo. No hay tiempo que perder. Ni vuestro Obispo, ni los sacerdotes, ni los religiosos, religiosas o laicos, ni los niños, ancianos, adultos o jóvenes, ni los enfermos o los sanos..., ninguno de los cristianos, estamos eximidos de esta urgencia de evangelizar. 
Este tiempo nuevo se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, con la ayuda de Cristo. Atreverse a vivir la más noble y bella aventura que pueda vivirse hoy: llevar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, a este mundo nuestro de hoy que vive en unas especiales condiciones de vida que todos tenemos ante nuestros ojos. Nos espera una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra que implica a todos: Evangelizar; evangelizar de nuevo; evangelizar como en los primeros tiempos.
            Llevemos, pues, el Evangelio, sin ningún miedo ni complejo; mostremos, sin echarnos atrás y sin retirarnos, a Jesucristo; démoslo  valientemente a todos, a los que están lejos y a los que están cerca, a aquellos con los que convivimos y trabajamos, a todos. Anunciemos a Jesucristo: con obras —nuestros trabajos, nuestras familias, nuestra vida en la sociedad, nuestras realidades cotidianas, nuestras personas— que sean “signo” de que somos de Jesucristo, que le pertenecemos; y con palabras que testimonien las cosas buenas que, en el presente, en nuestra propia vida, obra. ¡Contemplemos, por tanto, amemos y anunciemos a Jesucristo y su amor, para que los hombres crean en Él, le amen y le sigan, y así pueda haber una Humanidad abierta al futuro y hecha de hombres nuevos a los que Él ha devuelto su dignidad, su libertad y su esperanza, en estos tiempos nada fáciles que atravesamos.

Así pues, insistiendo una vez más, nuestro tiempo no puede ser tiempo para la simple conservación de lo existente, sino que es tiempo para la misión. Es tiempo para proponer de nuevo, y ante todo, a Jesucristo, el centro del Evangelio. Una pastoral de sola conservación y mantenimiento es a todas luces insuficiente; aún más, hoy es también culpable. No podemos caer en esa culpabilidad. Por ello nos apremia esa “nueva evangelización”: “Nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión” (San Juan Pablo II). El ardor tiene que ver con la conversión, es decir, con la mirada a Cristo, y eso es lo que se nos está ofreciendo de forma especialmente intensa en el “Año Jubilar de la Misericordia, del Cáliz de la Misericordia”, aunque la conversión, como la gracia, están siempre a nuestro alcance, y son posibles en todo momento. Los métodos y la expresión serán nuevos en la medida en que Cristo sea encontrado por hombres de este  mundo, de esta cultura, que expresan el drama de la existencia, y por tanto, en el lenguaje y con los modos propios de nuestro mundo de hoy. Los métodos y la expresión no son nada si falta el ardor de un encuentro con Jesucristo que toque el centro de la persona.
  En la situación que vivimos, en la cual la persona entra en crisis en su realización de humanidad y en su condición de hijo de Dios, lo que más nos apremia es convertirnos a Cristo, dejar que su vida sea la nuestra, que su pensar, su sentir y su actuar, sean también los nuestros.


 Todos, cada uno desde nuestra propia vocación y lugar, hemos de contribuir, con todo lo que Cristo nos ha dado, nuestra vida, nuestra inteligencia, nuestras cualidades, con todo nuestro ser, a que su gracia y su amor lleguen a todos los hombres y mujeres de nuestra Diócesis, a todos los hogares, a todos los lugares de estudio y de trabajo, al campo y a la ciudad, a las fábricas, a las oficinas, a las tiendas, a los hospitales, a los lugares de esparcimiento, a los medios de comunicación, a todos los espacios donde el hombre vive y trabaja, sufre y ama. La misión es de todos y a todo y a todos ha de llegar Jesucristo.
Sin hacer muchas cosas nuevas, la preocupación por promover de verdad una pastoral evangelizadora tiene que ir impregnando todo el conjunto de nuestro trabajo y de las actividades pastorales. Con fe, y por eso con realismo y humildad, sin angustias, de lo que se trata es de conseguir que esta Iglesia nuestra adquiera poco a poco las características y el vigor de una Iglesia en misión, “en salida” como acostumbra decir el Papa Francisco, de una Iglesia entusiasta que se siente llamada y quiere ser misionera de su propia gente, de los jóvenes, de las nuevas familias, de los universitarios y profesionales, de los dirigentes y de los trabajadores, de las minorías étnicas, de los pobres y marginados, de los enfermos, de todos los que sufren y esperan, de cuantos necesitan escuchar la Palabra del Señor para recibir el gozo y la alegría de la Buena Noticia del Amor, de las Promesas y de los dones de Dios. Una iglesia espiritualmente joven, ilusionada, que no se resigna a ser una Iglesia en retirada, sino que quiere ser servidora generosa y abnegada de la difusión del Evangelio en nuestra propia tierra. Así y sólo así, con la ayuda y la gracia de Dios seremos servidores y testigos del  Evangelio de la esperanza. 





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